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El algoritmo jugó con nosotros durante todo el mundial Foto: Especial
Diego Luna

El algoritmo jugó con nosotros durante todo el mundial

Durante las últimas semanas escribí varias columnas sobre este Mundial. Hablamos de marketing, de patrocinadores, de marcas, de futbol y hasta de cómo un torneo puede convertirse en el evento cultural más grande del planeta.

Hoy quiero cerrar esa serie con una reflexión que, curiosamente, no tiene que ver con la cancha. Tiene que ver con nosotros.

Durante el Mundial, Instagram comenzó a enseñarme una cantidad enorme de videos de aficionados argentinos insultando a otras aficiones, burlándose de otros países, haciendo comentarios racistas y comportándose de una forma francamente lamentable.

Eran tantos que, por momentos, empecé a pensar que así era la mayoría. Hasta que me acordé de algo. Yo he estado en Argentina. Tengo amigos argentinos. He trabajado con argentinos. He compartido comidas, proyectos y conversaciones con ellos.

Ninguna de esas experiencias se parecía a lo que estaba viendo en mi teléfono. Entonces apareció una pregunta mucho más incómoda. Si mi experiencia decía una cosa y mi algoritmo otra, ¿cuál de las dos estaba moldeando mi percepción?

Ahí entendí algo que creo que todos deberíamos preguntarnos de vez en cuando. Las redes sociales no nos muestran la realidad. Nos muestran una realidad personalizada. No necesariamente falsa. Simplemente incompleta.

Recordé que llegué a interactuar en esos post de argentinos ofendiendo a México. Obvio no eran ofensivos, escribía que una persona no definía a un país.

Las plataformas aprenden de cada segundo que permanecemos viendo un video, de cada comentario, de cada vez que compartimos una publicación para decir “vean qué locura”. Todo eso es interpretado como interés. Y el resultado es evidente.

Si reaccionas constantemente al contenido que te indigna, terminarás viendo cada vez más contenido diseñado para indignarte. Nosotros entrenamos al algoritmo y después el algoritmo nos entrena a nosotros.

Lo más interesante es que la ciencia tampoco pinta un escenario tan simple. Durante años se habló de las famosas burbujas de filtro como si los algoritmos encerraran a todos en una misma visión del mundo.

Sin embargo, investigaciones del Reuters Institute muestran que la mayoría de las personas siguen consumiendo información relativamente diversa y que, en muchos casos, el factor que más determina lo que vemos no es únicamente el algoritmo, sino nuestras propias decisiones de consumo.

Dicho de otra manera, el algoritmo no inventa nuestros intereses. Los amplifica. Y eso cambio por completo la conversación.

Porque ya no se trata de culpar a Instagram, TikTok o X. Se trata de aceptar que cada clic es un voto. Cada segundo de atención le está diciendo a una máquina qué versión del mundo queremos seguir viendo. Y los que mejor lo hacen son los políticos, manejan nuestra atención o la desvían cuando no deberían de hacerlo.

Y bueno, llevamos años hablando de segmentación, hiperpersonalización y relevancia. Nos emociona que una campaña llegue exactamente a quien debe llegar. Pero pocas veces pensamos que la misma tecnología que ayuda a vender unos tenis también puede terminar construyendo percepciones completas sobre países, generaciones, ideologías o personas que jamás hemos conocido.

El Reuters Institute señala además que el consumo de noticias se está desplazando cada vez más hacia plataformas sociales y video corto, mientras los medios tradicionales siguen perdiendo espacio.

Eso significa que, para millones de personas, la puerta de entrada al mundo ya no es un periódico ni un noticiero. Es un algoritmo optimizado para captar atención. Y sin embargo, este Mundial también me recordó exactamente lo contrario.

Mientras mi teléfono insistía en mostrarme los peores comportamientos posibles, yo veía otra cosa en los estadios. Españoles abrazando mexicanos. Marroquíes conviviendo con franceses. Familias enteras compartiendo cerveza, canciones y fotografías. Personas que jamás volverán a verse celebrando juntas un gol.

Claro que hubo racismo. Claro que hubo violencia. Claro que hubo escenas vergonzosas que deben señalarse y condenarse. Pero también hubo millones de momentos que nunca se hicieron virales porque la cordialidad rara vez genera tantos clics como el conflicto.

Quizá esa sea la mayor enseñanza que me llevo de este Mundial. El algoritmo puede decidir qué aparece primero en nuestra pantalla, pero todavía podemos decidir si creemos que esa pequeña ventana representa al mundo entero.

Y con esta reflexión cierro mis columnas mundialistas. Porque, al final, el futbol volvió a hacer lo que mejor sabe hacer. Recordarnos que las personas somos mucho más complejas que cualquier estadística, cualquier tendencia y, sobre todo, cualquier algoritmo.

Y como siempre, si Dios, el algoritmo y el editor quieren, nos leemos la próxima semana. Si tu marca también quiere ganar como España y generar conversaciones que sobrevivan al algoritmo y permanezcan en la memoria de las personas, en Los Magicians estaremos felices de demostrarte que la verdadera magia sigue estando en las buenas historias.

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