Hay aprendizajes que permanecen con nosotros toda la vida. Algunos los recordamos con claridad: andar en bicicleta, leer, cocinar una receta familiar. Otros son mucho más silenciosos. Se instalan desde la niñez, casi sin que nos demos cuenta, y terminan moldeando la forma en que entendemos el mundo y nos relacionamos con quienes nos rodean.
La manera en que resolvemos un conflicto es uno de ellos.
Mucho antes de aprender qué significa el diálogo o la empatía, observamos cómo reaccionaban las personas adultas frente al enojo, la frustración o el desacuerdo. Aprendimos mirando, aprendimos escuchando y, sobre todo, aprendimos sintiendo.Para muchas personas, crecer también significó escuchar que un grito era una forma de imponer respeto, que un golpe podía corregir una conducta o que el miedo era una herramienta válida para educar.
No porque hubiera falta de amor. Al contrario. Muchas madres, padres y personas cuidadores hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían y con aquello que, a su vez, habían aprendido de generaciones anteriores.
Tal vez por eso resulta tan difícil cuestionar ciertas prácticas. Cuando una forma de criar ha pasado de una generación a otra, deja de verse como una elección y comienza a percibirse como una verdad incuestionable. Frases como “así me criaron y salí bien” o “un golpe a tiempo evita problemas después” siguen formando parte de conversaciones cotidianas, incluso cuando hoy sabemos que el miedo puede conseguir obediencia inmediata, pero difícilmente enseña a comprender, a confiar o a resolver los conflictos de manera respetuosa.
La buena noticia es que ninguna forma de criar está escrita en piedra. Así como heredamos maneras de relacionarnos con la niñez, también podemos elegir cuáles conservar y cuáles transformar.
Eso es, precisamente, lo que propone la crianza con ternura: reconocer que es posible establecer límites sin recurrir a la violencia, ejercer la autoridad sin humillar y corregir sin lastimar. No se trata de una crianza permisiva ni de renunciar a las reglas. Las niñas y los niños necesitan límites porque los límites brindan seguridad. La diferencia está en cómo los construimos.
Criar con ternura implica comprender que detrás de muchas conductas hay emociones que todavía no encuentran palabras para expresarse. Significa escuchar antes de reaccionar, acompañar antes de castigar y entender que educar no consiste únicamente en corregir comportamientos, sino en construir relaciones de confianza que les permitan crecer sintiéndose seguros, respetados y capaces de enfrentar el mundo.
También significa reconocer algo que con frecuencia olvidamos: nadie nace sabiendo criar. Quienes acompañan la niñez enfrentan diariamente el cansancio, las preocupaciones económicas, las exigencias del trabajo y la presión de responder siempre de la mejor manera. Cambiar la forma en que educamos no ocurre de un día para otro ni depende exclusivamente de la voluntad. Requiere información, acompañamiento y herramientas que ayuden a transformar prácticas profundamente arraigadas.
Con ese propósito, en Save the Children México creamos la Guía de Crianza con Ternura, un recurso pensado para madres, padres y personas cuidadoras que desean fortalecer el vínculo con niñas y niños desde el respeto, el afecto y la comunicación. No ofrece recetas infalibles ni pretende señalar culpables. Invita, más bien, a detenernos un momento para reflexionar sobre aquello que aprendimos y sobre aquello que queremos transmitir.
Porque cada generación hereda mucho más que tradiciones, historias o costumbres. También hereda formas de resolver los conflictos, de expresar el afecto y de ejercer la autoridad. La pregunta que vale la pena hacernos es cuál de esas herencias queremos conservar y cuáles estamos dispuestos a transformar.
Quizá el mayor acto de ternura no sea evitar que nuestras hijas e hijos se equivoquen, sino mostrarles, con el ejemplo, que las personas adultas también podemos aprender, cambiar y construir relaciones donde el respeto nunca tenga que abrirse paso a través del miedo.



