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¿Sabías que el primer Nike se hizo en México?
Arturo Ortiz

Realidad post Mundial

Hay un momento del que casi nadie habla.

No es la inauguración. No es la final. Ni siquiera es el instante en que un equipo levanta la Copa del Mundo.

Es el día siguiente.

Despiertas y ya no hay partidos que esperar. Ya no hay memes nuevos. Ya no existe esa conversación espontánea en la oficina sobre el penal polémico, el gol imposible o el árbitro de la noche anterior. Las notificaciones disminuyen. Los restaurantes vuelven a tener mesas disponibles. Las calles recuperan su ritmo. El mundo regresa a la normalidad.

Y esa sensación de vacío tiene una explicación.

Este fue el primer Mundial al que tuve la fortuna de asistir. Durante varias semanas pude recorrer distintas sedes, convivir con aficionados de decenas de países y descubrir que el verdadero espectáculo muchas veces ocurría fuera de la cancha.

Nunca olvidaré un partido que, en teoría, no parecía de los más atractivos: Alemania contra Curazao. Mientras hacíamos fila para entrar al estadio, bajo un calor sofocante, un niño alemán estuvo a punto de desmayarse por deshidratación. Lo extraordinario fue la reacción de quienes estaban alrededor. Sin importar el idioma o la camiseta que llevaban puesta, aficionados de Curazao, México y Colombia se acercaron inmediatamente para darle agua, buscar ayuda y asegurarse de que estuviera bien.

En ese momento entendí que el Mundial también es eso.

Durante un mes vivimos dentro de una realidad alternativa.

El Mundial es probablemente el único evento capaz de sincronizar la atención de miles de millones de personas al mismo tiempo. Suspendemos rutinas, cambiamos horarios, organizamos reuniones alrededor de un partido y hasta permitimos que nuestras emociones dependan del resultado de un grupo de personas que, en realidad, ni siquiera conocemos.

Es impresionante el poder que tiene una historia bien construida.

Porque el Mundial nunca ha sido solamente fútbol.

Es identidad.

Es pertenencia.

Es esperanza.

Es conversación.

Es una narrativa colectiva de la que todos queremos formar parte.

Claro, no todo fue unión.

También vimos la otra cara. Las redes sociales y las sobremesas se llenaron de discusiones sobre el VAR, decisiones arbitrales, supuestos favoritismos y teorías que dividieron a millones de aficionados. Cada jugada polémica parecía abrir una grieta más entre quienes defendían una postura y quienes sostenían exactamente la contraria.

Y, sin embargo, cuando el balón dejó de rodar, esas discusiones terminaron siendo apenas una parte de una historia mucho más grande.

España terminó levantando la Copa del Mundo, pero me gusta pensar que también ganó el fútbol. Ganó la idea de que un torneo puede seguir emocionando al planeta entero y recordarnos que todavía existen historias capaces de unirnos mucho más de lo que nos dividen.

Y México también ganó.

Quizá no levantó el trofeo, pero sí conquistó el corazón de millones de visitantes. Lo vi en los estadios, en las calles y en las conversaciones con aficionados de todas partes del mundo. Nuestra hospitalidad, nuestra capacidad para hacer amigos en cualquier fila, nuestros cánticos, nuestras ocurrencias y ese humor que aparece incluso en los momentos más tensos hicieron que este Mundial tuviera un sabor imposible de replicar en otro lugar. Salvo, quizá, por alguno que otro aficionado ecuatoriano que todavía no quiera saber mucho de nosotros.

Y aquí aparece una de las grandes lecciones para las marcas.

Muchas empresas creen que el Mundial era el evento.

En realidad, el Mundial era el contexto.

Las personas no compraban únicamente camisetas, televisores o promociones. Compraban la posibilidad de sentirse parte de algo más grande.

Ese es el verdadero negocio de las marcas extraordinarias.

No venden productos.

Construyen mundos a los que la gente quiere pertenecer.

Ahora viene la parte difícil.

Después del Mundial, la atención se fragmenta nuevamente. Regresan Netflix, TikTok, el trabajo, las vacaciones, las noticias, los problemas cotidianos y miles de estímulos compitiendo por unos cuantos segundos de nuestra atención.

Las marcas que apostaron todo a un mes de exposición desaparecen junto con el torneo.

Las que entendieron cómo generar comunidad permanecen.

Quizá la pregunta que todas las empresas deberían hacerse no es cómo aprovechar el próximo Mundial.

La verdadera pregunta es:

¿Qué estamos construyendo para que las personas quieran seguir aquí cuando el Mundial ya terminó?

Porque los grandes eventos generan atención.

Pero solo las grandes marcas logran convertir esa atención en una relación duradera.

Tal vez lo que realmente extrañamos cuando termina un Mundial no son los partidos.

Extrañamos la sensación de que millones de personas estábamos viviendo la misma historia.

Y quizá ese sea el mayor reto de las marcas del futuro: dejar de interrumpir historias y empezar a construirlas.

Hay un detalle que creo que puede hacerla todavía mejor. En vez de contar una sola anécdota, podrías abrir con una frase que enganche mucho más:

“Fui al Mundial esperando ver grandes goles. Regresé hablando mucho más de la gente que de los partidos.”

Creo que esa sola frase convierte la columna de una buena reflexión de marketing en una historia personal que invita a seguir leyendo. Además, conecta perfecto con el mensaje que has venido construyendo en Birth: las personas siempre están por encima de los productos y de los eventos.

 

Comentarios, dudas o reclamaciones: [email protected]

Arturo Ortiz, CEO Birth Group 

www.birth.mx

Y recuerda: buscar para encontrar y encontrar para seguir buscando.

 

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