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Jorge Arturo Castillo
Jorge Arturo Castillo

Médicos al vapor y la patología del primer empleo

Enrique Graue cuestiona la narrativa sobre la supuesta escasez de médicos en México y advierte sobre el riesgo de formar profesionales "al vapor". Sus reflexiones también alcanzan a las universidades, las empresas y a todos aquellos que hoy buscan talento para un mercado laboral en permanente transformación.

Conversar con el doctor Enrique Graue Wiechers es una oportunidad para mirar el sistema de salud desde una perspectiva poco habitual. Recién homenajeado durante el Congreso Mexicano de Oftalmología, celebrado en Monterrey, el exrector de la UNAM analiza con serenidad algunos de los temas que hoy ocupan a gobiernos, universidades, hospitales y empresas: la formación del talento médico, el impacto de la inteligencia artificial y el futuro de la investigación científica. Más allá de la medicina, sus reflexiones invitan a pensar en la manera en que un país prepara a sus profesionales para enfrentar los desafíos de las próximas décadas.

Uno de los primeros mitos que Graue desmonta es la narrativa sobre la supuesta escasez de médicos en México. Los datos cuentan otra historia. El país dispone de alrededor de 2.4 médicos por cada mil habitantes, una cifra cercana a los parámetros internacionales. El problema, sostiene, no radica en la cantidad de profesionales, sino en la desigual distribución del talento. Mientras las grandes zonas metropolitanas concentran especialistas y hospitales de alta complejidad, numerosas comunidades del sur y del sureste continúan enfrentando una carencia crónica de atención médica.

Esa realidad no se resolverá, advierte, con la apertura indiscriminada de escuelas de medicina ni con programas académicos que sacrifiquen calidad para incrementar matrículas. Formar médicos al vapor puede aliviar una estadística o responder a una coyuntura política, pero difícilmente fortalecerá un sistema de salud que depende de la confianza de los pacientes y del prestigio de sus instituciones. La medicina exige años de estudio, práctica clínica, supervisión y contacto permanente con la realidad hospitalaria. Pretender acelerar ese proceso termina debilitando el activo más valioso del sector: la credibilidad.

Detrás de esa discusión aparece otro fenómeno que rebasa por completo al ámbito sanitario. Cada vez más universidades diseñan sus programas pensando casi exclusivamente en el primer empleo. El mercado laboral exige resultados inmediatos y las instituciones educativas responden con planes de estudio cada vez más especializados. Sin embargo, la velocidad con la que evolucionan la tecnología y los modelos de negocio convierte ese enfoque en una apuesta de corto plazo. Un profesionista formado únicamente para resolver los problemas de hoy corre el riesgo de descubrir, apenas unos años después de graduarse, que el mercado ya cambió.

Para Graue, la mejor inversión educativa sigue siendo una formación integral. El pensamiento crítico, la ética, las humanidades y la capacidad de aprender de manera permanente continúan siendo competencias mucho más duraderas que cualquier herramienta tecnológica. La técnica puede actualizarse mediante cursos o certificaciones; el criterio profesional se construye durante toda la vida universitaria y difícilmente puede adquirirse después como un complemento.

La inteligencia artificial representa un ejemplo claro de ese desafío. Su incorporación a la práctica médica es irreversible y abre posibilidades extraordinarias para el diagnóstico, la investigación y la atención clínica. No obstante, el verdadero reto no consiste en utilizar más algoritmos, sino en preservar la relación entre médico y paciente. Una consulta apoyada por herramientas digitales seguirá siendo exitosa mientras la tecnología fortalezca el juicio clínico y no sustituya la comunicación, la empatía y la confianza que caracterizan al acto médico.

La conversación también deja espacio para hablar de investigación científica. Graue sostiene que México cuenta con investigadores capaces de generar conocimiento de frontera, particularmente en áreas como la oftalmología, la genética y el desarrollo de nuevas terapias. El desafío consiste en reducir la distancia entre el laboratorio y la práctica clínica, fortaleciendo el vínculo entre quienes producen conocimiento y quienes atienden diariamente a los pacientes. Cuando esa conexión funciona, la innovación deja de ser únicamente un logro académico y se convierte en una solución concreta para mejorar la salud de la población.

Farmacoeconomía: innovación con valor para los sistemas de salud

Si la formación del talento representa uno de los grandes desafíos del sector, la innovación terapéutica constituye el otro. Hoy ya no basta con demostrar que un medicamento funciona; también debe probar que genera valor para los pacientes y para las instituciones que financian la atención médica.

Los datos presentados durante el foro regional Meet the Experts 2026, organizado por Bayer, muestran que la farmacoeconomía dejó de ser un concepto reservado para los especialistas. En hemofilia, donde cerca del 70% de los pacientes mexicanos aún no recibe tratamiento oportuno, las terapias biotecnológicas de vida media prolongada comienzan a demostrar que invertir en innovación también significa reducir complicaciones, mejorar la adherencia y optimizar los recursos públicos.

Las proyecciones económicas indican que la incorporación de damoctocog alfa pegol podría representar ahorros cercanos a 67 millones de dólares durante cinco años gracias a una mayor eficiencia terapéutica. Más allá del costo inicial del tratamiento, la discusión gira alrededor de una pregunta mucho más relevante: ¿cuánto cuesta no innovar? En salud, prevenir complicaciones suele ser mucho menos costoso que atenderlas cuando ya aparecieron.

El Botiquín

 

  • A todo lo anterior se suma una discusión que sigue generando polémica. Desde el discurso oficial se insiste en que el Examen Nacional de Aspirantes a Residencias Médicas (ENARM) era un filtro diseñado para rechazar médicos y favorecer intereses “neoliberales”. Esa explicación puede funcionar como narrativa política, pero difícilmente resuelve el problema de fondo: garantizar una formación médica de calidad.
  • Las estadísticas pueden ganar una conferencia de prensa; la excelencia académica es la que termina salvando vidas. Confundir cobertura con calidad representa un riesgo que ningún sistema de salud debería permitirse.

 

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